Los Aeropuertos: cemento y vida. 

No existe lugar con más sentimientos que un aeropuerto. 
Desde que era una niña sentía emoción de ir a llevar o recoger a la gente. Por mucho tiempo mi papá trabajó fuera de la ciudad durante la semana y los viernes volvía a casa. Cada semana al irlo a buscar al aeropuerto sentí la misma sensanción de asombro y de querer ser yo la que recorría el mundo. 

Los años pasaron y han sido varios aeropuertos y una mezcla de sentimientos han pasado por mi mente . Digamos que ha sido una salsa agridulce. 

Cuando me despiden, cuando yo los despido, cuando nadie ha estado ahí para decirme adiós, siempre, en cuestión de minutos me pasa la vida como un álbum de fotos e historias y digo en mi mente “espero que no sea la última vez”. 

Hoy, desde un avión, tengo dos pequeñas historias para contar que me quedaron en el corazón.

Ayer cuando estaba viajando a Colombia conocí a una familia muy especial. Sentada a mi lado había una mujer con razgos indígenas muy marcados y estaba cargando a una bebé de piel blanca, como de esas de comercial. Traté de verles el parecido pero no lo encontré. En el otro asiento, estaba un hombre blanco con facciones muy pulidas y con un español impecable me pregunta, a qué horas llegamos a Bogotá? 

Pasaron las horas y mi vecina de asiento me empezó a conversar y me contó que su esposo, el hombre de revista sentado al otro lado del pasillo, era misionero en su pueblo en Brazil. Ese día estaban de regreso a casa desde Canadá donde siempre iban a tener a sus hijos. La bebé era la última de esta familia de la que me hubiera gustado conocer un poco más.

Por otro lado, estando en inmigración, uno de los oficiales interrumpe al agente que estaba documentando mi entrada al país y le dice “estas dos personas entran como deportadas”. Era una pareja de jóvenes, con caras cansadas y supongo que con una maleta llena de sueños interrumpidos.

Se me arrugó el corazón.

Historias como las de estas personas, como las mías, como la de Julia, como las de miles de viajeros, hacen que los aeropuertos sean moles de cemento cargados de vida. 

Bon voyage!  

 -Paula. 

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